jueves, 12 de agosto de 2010
Preludio
Como lo mencioné la última vez, a través de otro gran personaje tuve mi primer encuentro con Arturo Camacho. Álvaro Mutis se encargó de hacer un croquis de este poeta en mi imaginación. La lectura de este texto despertó en mí diferentes emociones: me hizo reír a ratos, otras veces tuve que detenerme a imaginar, y en otros momentos, debidamente espolvoreados a lo largo de la lectura, ocasionaron dentro de mí un profundo asombro. Mutis fue amigo de Camacho. Aunque no cualquiera, fue, después de muchas anécdotas, un amigo entrañable, por lo tanto, su mirada no pudo escapar al afecto y admiración. Sin que este hecho le ocasionara al texto un deje tedioso o empalagoso.
Este prólogo tienes las proporciones exactas. Puedo darme cuenta que Mutis sólo logró descifrar a Camacho gracias a las palabras y también sin ellas. Gracias a sus textos, sus estrofas y sus silencios. Gracias a la austeridad de su manera de ser pero la exuberancia de sus versos. Mis esperanzas, entonces, se elevan. Creo que tengo una vida en mis manos y una carrera por emprender. Puedo decir, por tanto, que a través de estos párrafos, sólo un poco, me acerqué un hombre, un amigo, un caminante y un quisquilloso de la vida. Las palabras utilizadas por Mutis me acercan y me develan un poeta. Y además de palabras, todo el texto está amenizado por imágenes. Al encontrar la primera, me sorprendí gratamente, pero en la medida que seguía leyendo y encontrando estos cuadros, página tras página, comenzaba a entender. También hablan de Camacho, de sus evocaciones, de sus inspiraciones, de su historia.
Toda su vida estaba bellamente narrada en el texto con palabras e imágenes. Desde sus comienzos como periodista a través de una Carátula para los Cuadernos editados como suplemento del Noticiario Colombiano en 1939, pasando por la admiración y omnipresencia de Charles Baudelaire, por medio de una ilustración majestuosa de Ignacio Gómez Jaramillo para la publicación del libro “ Oda a Carlos Baudelaire” también de Camacho en 1945; después, una partitura musical evocando uno de los poemas de Camacho –Niña de los dos Océanos-, creada por otra artista: la música Leonor Buenaventura de Valencia. Un poema hecho guabina. Para terminar, parte de su historia literaria a través de algunas de las carátulas de sus libros como, nuevamente, Oda a Carlos Baudelaire (1945), Luna de Arena, que está dos veces ilustrada (1942 y 1974) y Límites del Hombre (1964). Finalmente, una nueva imagen, de Jorge Elías Triana hecha en 1984, que aún despierta en mí miles de hipótesis y subjetividades. Se trata de un hombre que yace deslizado en medio de un paisaje hostil: un árbol sin hojas frente un par de barcas a la deriva, en una de ellas otro hombre en sombras que tal vez lucha por conseguir una dádiva en el agua. Tal vez ese hombre desmontado en este febril paisaje sea Camacho quien lo ha vivido todo, lo ha sentido todo, que es parte del aire y del tiempo, que se mezcla con la humedad de las palabras en días de sequía. Tal vez no.
Al final del prólogo un par de renglones que escribe Álvaro Mutis en el texto me dejan turbada y aún más sedienta que al principio: “Me enteré de su muerte en el tráfago impersonal y aséptico de un hotel de California. Supe, en ese mismo instante, que otra parte de mi ser se silenciaba para siempre”. Camacho es una voz en él mismo, capaz de despertar melodías a través de sus palabras. Ya ha ocurrido varias veces y ahora está ocurriendo, ya Arturo Camacho tiene ventaja sobre mí, ya una voz solloza en mi alma: ya sus acordes comienzan a ser entonados.
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