Papeles Palabras

viernes, 17 de febrero de 2012


Nuevamente estoy frente a una decisión aparentemente fácil: prosa o verso; novela o poesía. José Luis Tejada o Meira Delmar.


El primer nombre no me dice mucho, pero, sin duda, la primera parte del título me promete muchas cosas: la voz de un poeta conspirador. ¿Poeta?  Lo pienso, jamás lo había escuchado. Sin embargo, Meira Delmar: su nombre y apellido hacen parte de mi vida y de mi historia. Sus versos, sus silencios, sus formas, sus palabras me han marcado. En el fondo estoy convencida de la decisión que quiero tomar, pero algo afuera, algo en el título, en el nombre, incluso en la apariencia del libro, me pide una oportunidad. El libro fue exhibido durante la clase a todos los estudiantes. De lejos, noté su hojas amarillentas, su color de imprenta: rojo y negro, evocando historia y época, las puntas de las hojas y de la cobertura del libro,  algo dobladas, algo roídas, algo gastadas… todo eso junto en un libro y la inquietud de saber de lo que está escrito me hacen pensar en tomar ese camino, porque debo admitir que esas huellas que va dejando la historia y el tiempo sobre las cosas, los libros,  las calles, las casas, sobre todos los objetos, me apasiona. Soy amante de visitar las casas antiguas, de sentir el olor de los años, de darme cuenta de cómo era la vida antes de esta vida. Qué cambió para aquellas personas a través de los atuendos, de la distribución de los espacios, de las formas, de los colores. Entonces, ese libro llamaba hondamente mi atención; no dejé de pensar durante toda la sesión en cuál decisión debería tomar. Cuando finalmente salimos, el libro del poeta conspirador pasó por varias manos, todos y cada uno fue juez de aquel ejemplar: todos los ojos encima lanzando miradas de aprobación y expectación. Al final, cuando algunos pocos se habían decidido, llegó hasta mis manos: abrí sus hojas, las olí, vi  el mecanografiado de sus palabras, no vi versos en esta ojeada… pasaron unos minutos, lo pensé… sin embargo, en el fondo, yo sabía cuál era mi decisión. 

jueves, 12 de agosto de 2010

Preludio


Como lo mencioné la última vez, a través de otro gran personaje tuve mi primer encuentro con Arturo Camacho. Álvaro Mutis se encargó de hacer un croquis de este poeta en mi imaginación. La lectura de este texto despertó en mí diferentes emociones: me hizo reír a ratos, otras veces tuve que detenerme a imaginar, y en otros momentos, debidamente espolvoreados a lo largo de la lectura, ocasionaron dentro de mí un profundo asombro. Mutis fue amigo de Camacho. Aunque no cualquiera, fue, después de muchas anécdotas, un amigo entrañable, por lo tanto, su mirada no pudo escapar al afecto y admiración. Sin que este hecho le ocasionara al texto un deje tedioso o empalagoso.

Este prólogo tienes las proporciones exactas. Puedo darme cuenta que Mutis sólo logró descifrar a Camacho gracias a las palabras y también sin ellas. Gracias a sus textos, sus estrofas y sus silencios. Gracias a la austeridad de su manera de ser pero la exuberancia de sus versos. Mis esperanzas, entonces, se elevan. Creo que tengo una vida en mis manos y una carrera por emprender. Puedo decir, por tanto, que a través de estos párrafos, sólo un poco, me acerqué un hombre, un amigo, un caminante y un quisquilloso de la vida. Las palabras utilizadas por Mutis me acercan y me develan un poeta. Y además de palabras, todo el texto está amenizado por imágenes. Al encontrar la primera, me sorprendí gratamente, pero en la medida que seguía leyendo y encontrando estos cuadros, página tras página, comenzaba a entender. También hablan de Camacho, de sus evocaciones, de sus inspiraciones, de su historia.


Toda su vida estaba bellamente narrada en el texto con palabras e imágenes. Desde sus comienzos como periodista a través de una Carátula para los Cuadernos editados como suplemento del Noticiario Colombiano en 1939, pasando por la admiración y omnipresencia de Charles Baudelaire, por medio de una ilustración majestuosa de Ignacio Gómez Jaramillo para la publicación del libro “ Oda a Carlos Baudelaire” también de Camacho en 1945; después, una partitura musical evocando uno de los poemas de Camacho –Niña de los dos Océanos-, creada por otra artista: la música Leonor Buenaventura de Valencia. Un poema hecho guabina. Para terminar, parte de su historia literaria a través de algunas de las carátulas de sus libros como, nuevamente, Oda a Carlos Baudelaire (1945), Luna de Arena, que está dos veces ilustrada (1942 y 1974) y Límites del Hombre (1964). Finalmente, una nueva imagen, de Jorge Elías Triana hecha en 1984, que aún despierta en mí miles de hipótesis y subjetividades. Se trata de un hombre que yace deslizado en medio de un paisaje hostil: un árbol sin hojas frente un par de barcas a la deriva, en una de ellas otro hombre en sombras que tal vez lucha por conseguir una dádiva en el agua. Tal vez ese hombre desmontado en este febril paisaje sea Camacho quien lo ha vivido todo, lo ha sentido todo, que es parte del aire y del tiempo, que se mezcla con la humedad de las palabras en días de sequía. Tal vez no.


Al final del prólogo un par de renglones que escribe Álvaro Mutis en el texto me dejan turbada y aún más sedienta que al principio: “Me enteré de su muerte en el tráfago impersonal y aséptico de un hotel de California. Supe, en ese mismo instante, que otra parte de mi ser se silenciaba para siempre”. Camacho es una voz en él mismo, capaz de despertar melodías a través de sus palabras. Ya ha ocurrido varias veces y ahora está ocurriendo, ya Arturo Camacho tiene ventaja sobre mí, ya una voz solloza en mi alma: ya sus acordes comienzan a ser entonados.



La búsqueda

Tengo que comenzar este diario con los hechos que ocurrieron, incluso, antes de tener el libro en mis manos. El primer día, sábado 6 de marzo, el profesor indicó que había dos obras propuestas: una en narrativa y la otra en poesía. Dos días después, me enteré de los títulos y dos cosas ocurrieron: primero, estaba completamente ajena a ellos, pues no los conocía y segundo, cuando leí el nombre: Las Estrellas son Negras estaba segura que éste correspondía a la obra poética. Mientras, Carrera de la vida, sin duda, sería para la obra narrativa. Una vez más, mi mente me engañó. Y esto lo menciono, pues aunque hace varios meses comenzó mi pasión por la narrativa, desde siempre, he tenido una debilidad insondable por la poesía. Así que mi elección para emprender este primer diario, en lo posible, sería la obra poética.

A la mañana siguiente, en busca de las obras, comencé por una pequeña pesquisa de los libros en la red. Título, editorial y nombre del autor fueron algunos de los datos que ingresé en la búsqueda. Aún engañada por los títulos, ingresé en primer lugar Las Estrellas son negras, pero fue ahí, entonces, que descubrí que ésta se trataba de una obra narrativa. Aquella primera búsqueda vino con un aluvión de respuestas, desde la biografía del autor hasta las librerías en donde la encontraría. Anoté la dirección, pero continué. Mi meta era la poesía.


Arranqué una nueva búsqueda, escribí el título: Carrera de la vida, y mientras lo escribía aún resoplaba sobre mí algo de sorpresa a razón de mi confusión. Una vez más debo convencerme que no son suficientes los meros supuestos. Fueron segundos intensos esos que pasaron desde que digité aquellas cuatro palabras hasta que vinieron las respuestas. Éstas eran escasas, para ser honesta. Los primeros links me remitían a unas cuantas páginas web donde sólo estaba el mismo poema: Fruto del sueño. Lo leí tres veces seguidas. Después, lo que empezó a ocurrir dentro de mí es casi inexplicable. Sólo lograría advertirlo si digo que una voz que se hallaba en silencio dentro de mí se despuntó, pronunciando intensas y bellas palabras. En mi alma, a partir de ese momento, nació una insaciable sed por aquella voz. Sin embargo, lo siguiente que pasaría rayó entre lo amargo y lo dulce.


Dentro de la escasa respuesta de la red no había un lugar puntual donde podría encontrar la obra de Arturo Camacho Ramírez. Sólo hallé algunos ejemplares en una biblioteca. Pero mi deseo, que se convirtió en una obligación, era poseer este libro. Salí, entonces, de aquel lugar, con la esperanza entre pecho y espalda. Después de varios minutos, llegué a la librería donde encontraría la primera obra. Pregunté por el segundo título, pero no estaba. No me rendí. Salí de allí, y fue en ese momento donde comenzó la verdadera carrera; recorrí calle tras calle, entré a sinfín de lugares a lo largo y ancho de la carrera séptima, en el centro de la ciudad. No menos de cuatro librerías renombradas y 5 o 6 más que encontré en medio de los callejones del centro, en donde se consiguen libros al precio de nada. Pero mi búsqueda era cada vez más frustrante. No había rastro. Ya en ese instante mi tarea se había tornado en un reto.


Luego de la última improvisada librería, sólo me restaban ganas de sentarme a tomar un buen café, abrir el libro que ya tenía y comenzar a leer. Cuando tuve ese pensamiento, me topé nuevamente con una sala de internet, aunque lo pensé unos segundos, entré. Tenía que encontrar alguna otra pista. Sin mucha fe ya y algo cansada retomé. Las mismas páginas web, el mismo poema solitario, la misma sensación de otro tiempo, pero, después de lo mismo, un nombre que señalaba un lugar que había pasado por alto. Casa de Poesía Silva. Entonces, con los ojos agrandados y el corazón latiendo más fuerte entré a la página: me ilusioné, soñé y encontré algo.


La Casa de la Poesía Silva queda en la Cl. 14 con 3ª, a unas cuantas cuadras de donde estaba. Tomé los datos del teléfono, específicamente de la librería y llamé. Me contestó un hombre encargado de ese lugar y la respuesta fue: déjeme mirar qué tengo de Camacho. Segundos después: sí. El corazón se aceleró a tal punto que no pude contener la risa. Henry, el hombre que me dio los datos por teléfono, me dijo que era una obra descontinuada, que no estaba sólo esa obra, estaba su obra completa y que eran dos tomos. En el segundo tomo estaba el título tan anhelado más otros tres títulos. Antes de colgar, me dijo que era una buena inversión. Salí a su encuentro.


Al volver a la calle en busca de aquella dirección, nuevamente tuve un éxtasis mientras recorría cada cuadra. Hilos de gente abundaban en cada calle y cada calle, medio empedrada, medio enchapada, medio sucia y medio llena. El cielo gris como de costumbre, la amenaza de lluvia, el murmullo de todos y de cada uno: la ciudad inundada completamente. La Casa de Poesía Silva está en el corazón de la Candelaria, y la Candelaria es otra historia. Cuando la encontré, me detuve unos minutos para contemplar su fachada, después, entré. Al ingresar a la casona, me inundó una mezcla entre silencio, imágenes, cuadros, palabras, olor a lluvia y a flores (pues en el centro de la casa hay un jardín de flores multicolores). Es asombroso. Avancé hasta el último cuarto de la casa: la librería; me presenté y le dije al hombre: vengo por Arturo Camacho, él sólo sonrió. Me mostró la obra que tenía exhibida en un estante y sacó otro que tenía guardado. Enseguida, continuó todo el ritual: con sumo cuidado, guardar el libro en una bolsa, cerrarla y finalmente hacerme la factura. Yo sentía el corazón en la garganta. Creo que él es uno de los pocos individuos que entienden la belleza de un libro. Antes de salir, el hombre acató a decirme que nadie buscaba esa obra y me preguntó para qué la quería. Le dije que iba a comenzar a hacer una investigación. Nuevamente sonrió y entonces, salí de esa especie de invernadero que era la librería. Mientras caminaba también se filtró un aroma a café recién hecho, me regocijé y seguí caminando. Estaba absorta. Iba completamente despacio, me detuve en cada foto, en cada escrito y en cada cuarto. Sólo ojeé pero prometí volver. Esa casa merece tiempo y dedicación. Es un sueño. Cuando atravesé nuevamente la puerta por la cual entré, esta vez para salir, volteé la mirada, quería guardar perfectamente esa imagen en mi memoria, para no olvidarla mientras yo esté ausente.


Finalmente, en el camino de regreso entré al café que había ya advertido cuando iba; su nombre: Pâtisserie Français. Es pequeño y acogedor, se encontraban sólo 6 personas repartidas en dos mesas cuando llegué. Escogí una mesa del rincón, al fondo se sentía algo de música y pedí lo de siempre: café, cargado y sin dulce. A continuación, me dispuse a abrir los dos libros con las manos temblorosas y la expectación en cada centímetro de mi cuerpo. Comencé, por supuesto, por Arturo Camacho, del que supe cosas sorprendentes por medio del prólogo de Álvaro Mutis, su amigo. De ahí en adelante nada es lo mismo.


¡Ah! el primer tomo, Henry lo guardará hasta que yo vuelva por la casa. Muy pronto.